21/5/10

José Luís

Segundo

La higiene era escasa, las duchas colectivas y semanales; el aseo consistías en lavarse manos y cara y cepillado de dientes. Los baños en el mar, tras vacunas, cuarentenas y si el tiempo acompañaba, se desarrollaban en grupo, “a modo de rebaño”, supervisado por cuidadoras y socorrista (un tipo de piel oscura ataviado con un bañador de leopardo modelo “Tarzán”, más interesado en flirtear con las señoritas que en ocuparse de su tarea.
Uno de los aspectos más criticables era la absoluta ausencia de actividades. El grado de escolarización era muy bajo, muchos chavales necesitaban ayuda para escribir a su familia. El preventorio contaba con una estupenda escuela, frente a la capilla, pero no se usaba casi para nada (igual que el campo de fútbol). Sólo recuerdo que nos condujeran allí en una ocasión, la maestra entregó papel y lápiz y ordenó algún ejercicio de escritura y dibujo. Los que sabíamos escribir y calcular, entre los que me encontraba, le causamos admiración… Se podría haber organizado la alfabetización de los niños, pero no era una prioridad para la Dirección. Sí lo era la práctica religiosa a base de letanías y rosarios, había una legión de monjas (también estaban en cocina y otras dependencias) dirigidas por el cura, Don Ramón, recuerdo su nombre, tenía un Seat 600 en el que algunas tardes daba una vuelta a algunos chavales apretados como sardinas, asomando por las ventanillas y colgados de todas partes, como si de una competición de “a ver cuántos caben en un Seiscientos” se tratase.
No había juegos de equipo, ni deportes, ni nada parecido. Se trataba de dejar pasar el tiempo sin que los niños molestasen. Pasábamos el día desplazándonos por el Preventorio, o esperando la comida, la merienda… íbamos al Pinar bajo la tutela de la señorita. Hacíamos barquitos con corteza de pino, jugábamos con canicas, tabas, o atravesando escarabajos con las agujas secas de los pinos. Circulaban los tebeos, uno de los bienes más cotizados. Las señoritas conversaban entre ellas; algunas como Conchita leían libros. Si alguno cometía cualquier travesura, nos castigaban a todos, sentados en el suelo con la cabeza agachada, entre las piernas.
Así transcurría el tiempo, lentamente. Se contaban los días que quedaban para terminar la estancia, cuyo fin parecía muy, muy, lejano.

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